Amaneció caluroso nuestro último día en Egipto. En el desayuno ultimamos el plan de este día mientras Paco sigue combatiendo su diarrea a base de pasteles.
Decidimos ir a Dashur, a unos 40 Km de El Cairo para visitar lo que sólo pudimos ver de lejos el día anterior. Tras dejar las maletas en recepción y darnos cuenta al liquidar la cuenta del Hotel que tal vez nos habíamos excedido con la cerveza le pedimos al portero un taxi que nos llevase. Tras algún tira y afloja (esta gente es incasable) conseguimos un taxi conducido por un nubio que dijo llamarse Semen o algo así (que mala “leche” su padre).
A cada kilómetro que nos alejamos de la ciudad, más tercermundistas resultan los pueblos, (perdón, quiero decir más típicos). Por fin llegamos al pueblo de Dashur al puesto para comprar las entradas (curioso comprar entradas para entrar en el desierto), pero ¡ay! hábiles nosotros, nos deshicimos de casi todas las libras egipcias en el hotel, y no nos llegaba para las entradas. Afortunadamente, el carné de la Fundación Municipal de Deportes, y el de fiscal de Ortega (sí, ese que parece el carné de la biblioteca) coló como carné de estudiante y pudimos continuar hacia el desierto.
Al cabo de un rato llegamos ante la pirámide roja, bueno, que fue roja en su día, hoy el recubrimiento de la pirámide puedes encontrarlo a los pies de ella si te fijas un poco. Es la primera pirámide perfecta que se levantó tras algunas chapuzas anteriores. Al bajarnos del coche no dábamos crédito, una pirámide en medio del desierto sin apenas visitantes, turistas, autobuses, tenderetes o mercachifles que te llamen Pantoja. Para llegar a la entrada de la pirámide trepamos hasta la mitad, donde nos encontramos al típico Alí Baba que permite el acceso con cámaras previo soborno. Al entrar el olor a aire corrompido era casi inaguantable, a cada paso dentro el calor más asfixiante. MJ no aguantó y se salió, los demás llegamos debajo de milagro tras unos 80 metros de galería. De pronto nos encontrábamos en una estancia distinta a lo que habíamos visto hasta ahora, con un techo alto en forma escalonada que se iba cerrando y del que no se alcanzaba a ver el final. No sé si fue falta de oxígeno o qué, el caso es que el espíritu del Faraón de la Siberia Poli I nos poseyó y anduvimos un rato reclamando un lugar en el mundo para Malpartida de la Serena cantando y bailando el Dicen que Malpartida no figura en el mapa.… Tras el éxtasis regional pasamos a la siguiente cámara, en ella subimos a un andamio de madera que conducía a una puerta que estaba a unos 10 metros de altura, al entrar en la siguiente cámara, el olor a amoniaco era insoportable, para todos menos para Paco, cuyos pulmones paren acostumbrados a condiciones extremas después de años preparando oposiciones en la cochera esa que tiene (quizá por eso estaba tan colgado en aquella época…) De regreso al exterior le regalamos unos bolígrafos que habíamos robado del Hilton al Mohamed de la puerta y dimos una vuelta alrededor de la pirámide (si vais cuidadito con los alacranes). Al terminar le pedimos a Semen que nos llevase a la pirámide romboidal que se veía a lo lejos. No le gustó la idea y pronto descubrimos el porqué. Si a la pirámide roja apenas llega gente, a la romboidal no llegan ni los todoterrenos que vende Juanmita, al final de una pista de arena y junto a una base militar la pirámide romboidal la custodiaban cinco policías con sus metralletas. Fue vernos aparecer y rodear el coche y al taxista, inocentes de nosotros intentamos dar una vuelta tranquila a la pirámide. Imposible, los policías metían más presión que Paquino en carnavales en sus buenos tiempos, que si ven por aquí, que si te enseño un templo, que si te dejo sacar fotos dentro de la pirámide, que si esta es tu mujer… comprendiendo que o aflojábamos la pasta por las buenas o íbamos a tener algún problema, les dimos una propinilla y nos largamos cagando leches Que por cierto, recuerdo que antes de irnos el viento se le llevó a Belén unos papelotes que tenía, y echó a correr tras ellos un policía buscando ganarse una propinilla a cambio de devolverlos, en esto que su Señoría comprende el tema y también sale tras ellos, Ortega corriendo por el desierto contra a un poli con metralleta, fue muy bueno, sin duda una alegoría acerca de la pesadez del sistema judicial español frente a la agilidad del sistema represor egipcio.
Ya en el coche de vuelta, y una vez se nos hubo pasado el agobio, le pedimos al taxista que nos llevase al barrio islámico de El Cairo para ver la Mezquita del Azahar, ya que nos habíamos quedado con ganas de verla. En una hora estábamos allí, habíamos quedado con el taxista en que en media hora pasaba a recogernos, así es que muy ufanos entramos en la mezquita, allí nos recibió un moro muy amablemente, que nos indicó que debíamos descalzarnos y las mujeres ponerse un burka que en algún caso parecía la túnica de Harry de Potter, nos invitó a pasar y a enseñarnos la mezquita, antes de empezar estuvo discutiendo con otro moro que terminó entregándole unas llaves (las putas llaves). Comienza la visita: sábado y con bastante gente allí, aquí estudiamos el Corán, aquí está esto, lo otro, tomad unas revistas y unos Cds, venid por aquí, haced unas fotos, etc. En esto que nos mete en una sala que tenía eso sí una cúpula muy chula, cierra con las llaves y aquí nos dice el tío que aflojemos la mosca para continuar la visita, acostumbrados al tema les damos 3 euros, y el tío dice que leches, que aflojemos más pasta o de allí no se sale (no me acuerdo lo que pedía, pero una pasta), el tío se frotaba las manos, Alá por fin había puesto en sus manos unos primos a los que saquear. Cada vez más nerviosos comprobamos que la puerta por donde entramos está cerrada y nos tiene encerrados, le explicamos que no queremos seguir la visita, que nos espera un taxi, que en el fondo no somos tan distintos y tenemos el mismo Dios, que tal vez no esté tan mal lo de la ablación, pero el tío se descojona. Sopesamos la posibilidad de darle de leches, quitarle las llaves y salir pitando, sin embargo, la idea de atravesar en sábado toda la mezquita corriendo, mientras los moros practican la caza del infiel no nos seduce demasiado. Tras 10 minutos discutiendo le damos 9 euros en total y nos deja salir. Corre que te corre nos vamos para la salida a recuperar los zapatos antes de que nos los vendan, mientras los cogemos el moro que le dio las llaves al otro encima exigiendo su comisión por el tongo del pringue…Vaya show.
Por fin fuera nos dedicamos a despotricar contra los moros, Mahoma y la puñetera mezquita, no nos meamos en la pared por no liarla más. Al menos sacamos una interesante bibiliografía con títulos tan sugerentes como Breve guía ilustrada para entender el Islam, ¿Qué opina el Islam del terrorismo? o La mujer en el Islam. De ellos hemos aprendido que el burka o la mutilación de la mujer realmente son para evitar que los hombres las traten como objetos y que peor es que en ciertos países se tengan que cambiar el apellido por el de su marido. Muy edificante.
De vuelta al Hilton nos despedimos de Semen y comimos en un burgerking, hay que ver la que liamos con las hamburguesas, con el hielo, las patatas y el cambio, en fin, dejando nuestra impronta.
Una hora después por fin vinieron a recogernos para llevarnos al aeropuerto. Allí Tomás dijo que quería grabar un documental sobre el estado de la justicia en España y siempre atento al detalle se dedicó a grabar las caras de Ortega hasta que encontró la cartera que no sabía donde se le había quedado. Cuando nos llamaron para embarcar, Belén siempre tan oportuna se había largado a fumar por ahí para taquicardia de Paco.
Del resto hay poco que contar, sobre las dos de la madrugada llegamos a Barajas, nos esperaba el bus del hotel, tuvimos que esperar a que el conserje se inscribiese en una oferta de infojobs para tener nuestra habitaciones, y Tomás se pasó la noche vomitando en el baño. Al día siguiente cogimos carretera, y por fin en casa para alivio de Tomasete que pasó el viaje muy malito.
Para mí, con todo lo que nos pasó este fue el mejor día, en general, del viaje ya os he contado mi opinión sobre Egipto y sus moradores y también de nuestras aventuras, pero si algo recordaremos con cariño es haberlo hecho con los amigos, con los Quitos, Tomasso, Conchi, María José y yo mismo. Creo que puedo decir que de no haber estado todos juntos no nos hubiésemos reído tanto. Así es que ya sabéis los demás, animaros a viajar y nos lo contáis, o mejor, llevadnos con vosotros, alguien tendrá que escribir la crónica, digo yo.
Decidimos ir a Dashur, a unos 40 Km de El Cairo para visitar lo que sólo pudimos ver de lejos el día anterior. Tras dejar las maletas en recepción y darnos cuenta al liquidar la cuenta del Hotel que tal vez nos habíamos excedido con la cerveza le pedimos al portero un taxi que nos llevase. Tras algún tira y afloja (esta gente es incasable) conseguimos un taxi conducido por un nubio que dijo llamarse Semen o algo así (que mala “leche” su padre).
A cada kilómetro que nos alejamos de la ciudad, más tercermundistas resultan los pueblos, (perdón, quiero decir más típicos). Por fin llegamos al pueblo de Dashur al puesto para comprar las entradas (curioso comprar entradas para entrar en el desierto), pero ¡ay! hábiles nosotros, nos deshicimos de casi todas las libras egipcias en el hotel, y no nos llegaba para las entradas. Afortunadamente, el carné de la Fundación Municipal de Deportes, y el de fiscal de Ortega (sí, ese que parece el carné de la biblioteca) coló como carné de estudiante y pudimos continuar hacia el desierto.
Al cabo de un rato llegamos ante la pirámide roja, bueno, que fue roja en su día, hoy el recubrimiento de la pirámide puedes encontrarlo a los pies de ella si te fijas un poco. Es la primera pirámide perfecta que se levantó tras algunas chapuzas anteriores. Al bajarnos del coche no dábamos crédito, una pirámide en medio del desierto sin apenas visitantes, turistas, autobuses, tenderetes o mercachifles que te llamen Pantoja. Para llegar a la entrada de la pirámide trepamos hasta la mitad, donde nos encontramos al típico Alí Baba que permite el acceso con cámaras previo soborno. Al entrar el olor a aire corrompido era casi inaguantable, a cada paso dentro el calor más asfixiante. MJ no aguantó y se salió, los demás llegamos debajo de milagro tras unos 80 metros de galería. De pronto nos encontrábamos en una estancia distinta a lo que habíamos visto hasta ahora, con un techo alto en forma escalonada que se iba cerrando y del que no se alcanzaba a ver el final. No sé si fue falta de oxígeno o qué, el caso es que el espíritu del Faraón de la Siberia Poli I nos poseyó y anduvimos un rato reclamando un lugar en el mundo para Malpartida de la Serena cantando y bailando el Dicen que Malpartida no figura en el mapa.… Tras el éxtasis regional pasamos a la siguiente cámara, en ella subimos a un andamio de madera que conducía a una puerta que estaba a unos 10 metros de altura, al entrar en la siguiente cámara, el olor a amoniaco era insoportable, para todos menos para Paco, cuyos pulmones paren acostumbrados a condiciones extremas después de años preparando oposiciones en la cochera esa que tiene (quizá por eso estaba tan colgado en aquella época…) De regreso al exterior le regalamos unos bolígrafos que habíamos robado del Hilton al Mohamed de la puerta y dimos una vuelta alrededor de la pirámide (si vais cuidadito con los alacranes). Al terminar le pedimos a Semen que nos llevase a la pirámide romboidal que se veía a lo lejos. No le gustó la idea y pronto descubrimos el porqué. Si a la pirámide roja apenas llega gente, a la romboidal no llegan ni los todoterrenos que vende Juanmita, al final de una pista de arena y junto a una base militar la pirámide romboidal la custodiaban cinco policías con sus metralletas. Fue vernos aparecer y rodear el coche y al taxista, inocentes de nosotros intentamos dar una vuelta tranquila a la pirámide. Imposible, los policías metían más presión que Paquino en carnavales en sus buenos tiempos, que si ven por aquí, que si te enseño un templo, que si te dejo sacar fotos dentro de la pirámide, que si esta es tu mujer… comprendiendo que o aflojábamos la pasta por las buenas o íbamos a tener algún problema, les dimos una propinilla y nos largamos cagando leches Que por cierto, recuerdo que antes de irnos el viento se le llevó a Belén unos papelotes que tenía, y echó a correr tras ellos un policía buscando ganarse una propinilla a cambio de devolverlos, en esto que su Señoría comprende el tema y también sale tras ellos, Ortega corriendo por el desierto contra a un poli con metralleta, fue muy bueno, sin duda una alegoría acerca de la pesadez del sistema judicial español frente a la agilidad del sistema represor egipcio.
Ya en el coche de vuelta, y una vez se nos hubo pasado el agobio, le pedimos al taxista que nos llevase al barrio islámico de El Cairo para ver la Mezquita del Azahar, ya que nos habíamos quedado con ganas de verla. En una hora estábamos allí, habíamos quedado con el taxista en que en media hora pasaba a recogernos, así es que muy ufanos entramos en la mezquita, allí nos recibió un moro muy amablemente, que nos indicó que debíamos descalzarnos y las mujeres ponerse un burka que en algún caso parecía la túnica de Harry de Potter, nos invitó a pasar y a enseñarnos la mezquita, antes de empezar estuvo discutiendo con otro moro que terminó entregándole unas llaves (las putas llaves). Comienza la visita: sábado y con bastante gente allí, aquí estudiamos el Corán, aquí está esto, lo otro, tomad unas revistas y unos Cds, venid por aquí, haced unas fotos, etc. En esto que nos mete en una sala que tenía eso sí una cúpula muy chula, cierra con las llaves y aquí nos dice el tío que aflojemos la mosca para continuar la visita, acostumbrados al tema les damos 3 euros, y el tío dice que leches, que aflojemos más pasta o de allí no se sale (no me acuerdo lo que pedía, pero una pasta), el tío se frotaba las manos, Alá por fin había puesto en sus manos unos primos a los que saquear. Cada vez más nerviosos comprobamos que la puerta por donde entramos está cerrada y nos tiene encerrados, le explicamos que no queremos seguir la visita, que nos espera un taxi, que en el fondo no somos tan distintos y tenemos el mismo Dios, que tal vez no esté tan mal lo de la ablación, pero el tío se descojona. Sopesamos la posibilidad de darle de leches, quitarle las llaves y salir pitando, sin embargo, la idea de atravesar en sábado toda la mezquita corriendo, mientras los moros practican la caza del infiel no nos seduce demasiado. Tras 10 minutos discutiendo le damos 9 euros en total y nos deja salir. Corre que te corre nos vamos para la salida a recuperar los zapatos antes de que nos los vendan, mientras los cogemos el moro que le dio las llaves al otro encima exigiendo su comisión por el tongo del pringue…Vaya show.
Por fin fuera nos dedicamos a despotricar contra los moros, Mahoma y la puñetera mezquita, no nos meamos en la pared por no liarla más. Al menos sacamos una interesante bibiliografía con títulos tan sugerentes como Breve guía ilustrada para entender el Islam, ¿Qué opina el Islam del terrorismo? o La mujer en el Islam. De ellos hemos aprendido que el burka o la mutilación de la mujer realmente son para evitar que los hombres las traten como objetos y que peor es que en ciertos países se tengan que cambiar el apellido por el de su marido. Muy edificante.
De vuelta al Hilton nos despedimos de Semen y comimos en un burgerking, hay que ver la que liamos con las hamburguesas, con el hielo, las patatas y el cambio, en fin, dejando nuestra impronta.
Una hora después por fin vinieron a recogernos para llevarnos al aeropuerto. Allí Tomás dijo que quería grabar un documental sobre el estado de la justicia en España y siempre atento al detalle se dedicó a grabar las caras de Ortega hasta que encontró la cartera que no sabía donde se le había quedado. Cuando nos llamaron para embarcar, Belén siempre tan oportuna se había largado a fumar por ahí para taquicardia de Paco.
Del resto hay poco que contar, sobre las dos de la madrugada llegamos a Barajas, nos esperaba el bus del hotel, tuvimos que esperar a que el conserje se inscribiese en una oferta de infojobs para tener nuestra habitaciones, y Tomás se pasó la noche vomitando en el baño. Al día siguiente cogimos carretera, y por fin en casa para alivio de Tomasete que pasó el viaje muy malito.
Para mí, con todo lo que nos pasó este fue el mejor día, en general, del viaje ya os he contado mi opinión sobre Egipto y sus moradores y también de nuestras aventuras, pero si algo recordaremos con cariño es haberlo hecho con los amigos, con los Quitos, Tomasso, Conchi, María José y yo mismo. Creo que puedo decir que de no haber estado todos juntos no nos hubiésemos reído tanto. Así es que ya sabéis los demás, animaros a viajar y nos lo contáis, o mejor, llevadnos con vosotros, alguien tendrá que escribir la crónica, digo yo.
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